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«A los grafiteros se les consideraba gamberros y no se pensaba en ellos. Juntamos ahorros y fundamos la primera empresa de sprays para graffiti del mundo»
Entrevistamos a Jordi Rubio, fundador de Montana Colors, sobre la Barcelona del graffiti en los años 90 y cómo conformó su mirada de coleccionista.

Jordi Rubio (derecha) junto a Henxs, director de la MTN Shop de Ámsterdam. / Cortesía del coleccionista.
Jordi Rubio no empezó en el arte como coleccionista, sino como alguien que entendió muy pronto que la creación es, ante todo, una forma de estar en el mundo. En la Barcelona postolímpica de 1994, este apasionado de la montaña fundó, junto a sus amigos grafiteros, Montana Colors, la primera empresa de pintura en aerosol dedicada al graffiti en el mundo. Su trayectoria nace del cruce entre intuición, rebeldía y una profunda afinidad con quienes creaban al margen de los circuitos tradicionales.
Desde esa cercanía, su colección no responde a una lógica de mercado, sino a una biografía. Muchas de estas piezas surgen de vínculos personales y apuestas arriesgadas, mucho antes de que el arte urbano gozase del reconocimiento que tiene en la actualidad.
Hoy, lo que empezó como una pequeña conversación para nuestra sección La obra invitada, ha devenido en una entrevista para conocer la historia tan especial de Montana Colors. Todo ello en torno a la pieza Menino e Ganso del dúo artístico brasileño Os Gemeos, que condensa ese origen: no solo como pieza artística, sino como testimonio de un momento fundacional, tanto para los artistas como para el propio Rubio.
Puedes conocer la Obra Invitada de Jordi .Rubio aquí.
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Háblanos de tus orígenes. ¿Cómo llega un amante de la montaña a interesarse por la producción de pintura en aerosol?
A finales de los años 80, tras abandonar diferentes estudios, trabajé en fábricas de pintura para costear los viajes y el equipo de alpinismo, que era lo que realmente me movía. Entré como mensajero porque buscaban una persona que tuviera moto y con el tiempo fui ascendiendo hasta trabajar en laboratorios y hacer varios cursos de química inorgánica. Pero me fui 6 meses a Estados Unidos a escalar y cuando volví había perdido el trabajo. Buscando de nuevo terminé en Felton, otra empresa de pinturas que comercializaba sprays.
¿Cómo pasaste de trabajar para una empresa de pintura convencional a querer fundar tu propia marca de pintura para graffiti?
Yo nunca había usado un spray de pintura y lo primero que quise saber fue quién compraba estos productos, quiénes eran nuestros clientes. Investigando descubrí que en una pequeña tienda de productos de Vía Laietana se vendían más sprays que en el Servei Estació, una gran superficie de bricolaje y ferretería. No le veía la lógica y le pregunté a mi jefe, que no tenía ni idea. No le importaba saber por qué se vendían más sprays allí. Afortunadamente, el transportista de Felton me contó que aquella tienda tenía como dependiente a un chico que pintaba graffiti. Yo había visto graffiti en mis viajes a Estados Unidos, en Barcelona, en las pintadas políticas de la post-transición… Aquello ya me había impresionado, así que cogí el coche y me planté en Vía Laietana.

Jordi Rubio en las oficinas de Montana Colors. / Cortesía del coleccionista.
¿Fue aquí donde se produjo el flechazo, donde viste que había toda una necesidad artística que la pintura en spray no estaba cubriendo?
El dueño de la tienda me presentó a Moockie, el dependiente, y me explicó que la pintura en spray era para él y sus amigos. Le esperé a la salida, y Kapi, otro grafitero, se nos unió. Conectamos de inmediato, yo iba vestido de montañero y ellos en chándal. Yo, cada fin de semana, me ponía de cara a una pared para escalarla, y ellos hacían lo mismo para pintarla. Es como ponerse de espaldas al mundo para concentrarte en lo que te hace sentir vivo. En ese estar de cara a la pared, nos encontramos. Había muchos puntos en común: el riesgo, la rebeldía…
Eran un tipo de cliente al que nadie estaba prestando atención. Hacían sus graffitis con productos pensados para otros usos, muy caros, con colores apagados y tóxicos. No había sprays dedicados al ocio, solo a la industria. Pero cuando expliqué en Felton la idea de fabricar sprays para graffiti, mi jefe me dijo que me dedicara a trabajar, no me escuchó ni cinco minutos. Y eso hice, me puse a trabajar, pero en otra dirección.
¿Cuáles fueron los pasos a seguir en Montana para que todo saliera tan bien?
Yo ya me había llevado a mi amigo Miquel Galea a trabajar en Felton. Cuando en 1993 le dije que iba a montar mi propia empresa, se vino conmigo. Juntamos nuestros ahorros y con un pequeño crédito fundamos Montana Colors, la primera empresa de pintura dedicada al graffiti del mundo. Y contamos con la colaboración de los grafiteros de Barcelona: Kapi, Camilo Sampayo y Moockie, Jordi Ferrer… Nadie fabricaba pensando en ellos, los consideraban unos gamberros.
El usuario convencional de estos sprays compraba un aerosol muy de vez en cuando para, por ejemplo, retocar una carrocería, y no le importaba el precio; pero los “escritores” (como se conoce a los grafiteros en la jerga) vaciaban varios botes a la semana. Nosotros ofrecíamos un producto de mucha calidad a un precio muy bajo, especialmente para los extranjeros. Ya en 1994 llegaban grafiteros de Francia, Alemania, Suiza o Italia para llenar sus furgonetas con nuestros productos y llevarlos a sus países. Game Over, la primera tienda que hubo en Barcelona dedicada al graffiti, se convirtió en una especie de centro de peregrinación. Recuerdo coches llenos de latas, los asientos, el maletero…
¿Cómo sentó dentro de la industria la irrupción de unos chavales recién llegados que pusieron el mercado patas arriba?
Para la industria yo suponía un problema, un disruptor, y fui odiado. Hasta entonces la pintura se vendía muy cara. Yo ofrecí el bote por 225 pesetas, unos 1,30 euros. Lo normal era que los “escritores” robaran los botes, pero con Montana ya no hacía falta. Yo les vine muy bien a los tenderos, porque ya no les robaban, y a los chavales, que ya no tenían que robar. A la industria le daban igual los robos porque el dueño de la tienda debía pagar el bote de todas maneras. Éramos una empresa diferente y por eso hemos contribuido a generar una nueva industria basada en la creatividad. Ahora todas las empresas de pintura del mundo tienen su línea joven, para los chavales rebeldes que pintan graffiti.
¿Cómo influyó en ti y en Montana la escena del graffiti de la Barcelona de mediados de los años 90?
El ambiente fue clave para el proyecto. No tuvimos que hacer demasiado y en poco tiempo ya estábamos exportando pintura. Desde que se abrió la tienda en 1994 llegaron “escritores” de toda Europa, tenían un lugar de encuentro donde podían conectar con la escena local, descubrir nuevos “spots”, conocer a otros “escritores”… Se crearon nuevos fanzines y se organizaron excursiones en Interrail. Los excursionistas pasaban por la tienda y llenaban sus mochilas para el siguiente destino. Se pintaba con Montana en París, Berlín, Bruselas, Milán, Ámsterdam...
La falta de normativa para controlar el graffiti, la permisividad de las autoridades, las zonas industriales en desuso, las líneas de metro y tren… Barcelona se colocó como el último paraíso de libertad en Europa. Cuando veía a un chico de la Mina intentando hablar inglés con un chaval de Rotterdam se me ponían los pelos de punta. El graffiti les permitía ser mejores personas. Un chaval de los barrios más pobres de la ciudad está hablando inglés y seguramente cogerá un Interrail para irse a pintar por ahí. Quién sabe si lo pagará, pero ese es otro tema…
¿Qué importancia tuvo la apertura de vuestra propia tienda a la hora de conformar la escena grafitera de Barcelona?
En los primeros años del graffiti en Barcelona, cuando un “escritor” entraba a un negocio de pinturas, se veía sometido a miradas de desconfianza, se le trataba como un ladrón. Con la aparición de tiendas especializadas todo esto cambió, se les trataba como a personas. En estas tiendas podían ofrecer sus creaciones (diseños de ropa, publicaciones, etc.) al público, y no limitarse al boca a boca.
Bunker Store, anteriormente Game Over Shop, fue durante años la insignia de Montana Colors. Todos los seguidores de la marca sabían que ese era el sitio para enterarse de las novedades. Por problemas de regulación y normativa, Bunker Store tuvo que dejar de vender pintura envasada en spray. Se cedió el producto a una tienda de la zona. Los clientes podían seguir visitando Bunker para todo lo demás y comprar los botes en aquel almacén. Pero el trato a los “escritores” dejaba mucho que desear. Decidimos abrir nuestra propia tienda. Además incluimos un espacio de exposición que funcionara como galería de arte, para aquellos “escritores” y artistas que se dedicaban a crear obra para venta.
Vayamos ahora con lo que te ha traído aquí, cuéntanos tu historia como coleccionista: ¿cómo nace y se desarrolla este compromiso?
Mi historia como coleccionista nace de la necesidad de capturar y retener estos momentos vividos. Como empresario y emprendedor, tengo también ADN artístico, porque siempre perseguí —muy por encima del resultado económico, que nunca me interesó— la belleza en mis actos. Exponer esta colección y estas obras es compartir, más allá de mí, tres décadas de belleza de la mano y del corazón de cada uno de los artistas que tuve la fortuna de conocer. Creo que Montana tuvo una carrera exitosa porque se centró en lo que a la gente le gustaba hacer por amor, por pasión.
Si quieres conocer de cerca la Obra Invitada de Jordi Rubio y su historia y visión de coleccionista puedes hacerlo aquí.
¿En qué momento está la colección y hacia dónde mira?
A mi salida de la empresa Montana Colors recuperé mi colección, formada por unas 250 obras, donde cada una cuenta una historia que he vivido desde 1994, año en que fundé la empresa. La colección se nutre tanto de obras compradas cuando montamos la galería como de regalos de artistas y amigos. Cada una tiene detrás un sentido, y me gustaría encontrar la manera de compartirlas.
Ahora estoy pensando qué puedo hacer con todo esto, qué salida darle. Por ejemplo, tengo cuadros de grandes artistas internacionales como Aryz o como Felipe Pantone, entre otros muchos, y mucha obra de artistas emergentes. Algunas piezas son básicas, no han tenido repercusión en el tiempo, pero para mí son más valiosas que otras mejor valoradas en el mercado del arte, porque tienen un valor sentimental, el valor de alguien que te da lo mejor que tiene: su talento.
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